febrero 24, 2022

Quise ir a leer a la playa (Relato Corto)

Quise ir a leer a la playa, pero había marea alta. La playa había desaparecido. Vuelvo a casa, no está muy lejos. No hay nadie por la calle. Me gusta vivir en un pueblo costero, pero sólo en temporada baja, cuando el pueblo parece casi abandonado.

Yo soy de ciudad, de ríos de asfalto y gente con estrés. Pero un día tuve un problema y acabe a más de mil kilómetros. Antes nunca me había planteado mudarme tan lejos de todo y de todos. Ahora he de confesar que no podría estar en otro sitio.

Ahora leo más, y no porque me guste especialmente, sino porque la televisión en este país no es especialmente buena. Además eso de la fibra óptima es como hablar de la nueva venida, unos no saben lo que es y otros pasan del asunto.

Así que ahora tengo una cantidad de libros que voy renovando en cada feria del libro. Gracias a estar tan cerca del mar la diferencia de temperatura no es tan abrupta como en la ciudad.

En este pueblo vivo una casita pequeña y antigua que hace mucho perteneció a un pescador. No hay muchas viviendas cercanas, en invierno sé que hay un vecino a dos o tres kilómetros. Lo sé porque es el que me trae las provisiones cada mes, o mes y medio.

Muchos al leer esto pensaréis que nunca os iríais a vivir a un lugar como este, estando en una ciudad tan cerca de todo. Yo también pensaba lo mismo. Pero al final tú no eres quien dicta realmente tu vida, lo hacen los demás.

Podría decirse que yo me aleje de la ciudad por una persona, pero mentiría. Pues esa persona ya no está junto a mí, por mi culpa. Quizás suene típico y tópico eso de enamorarse de quien uno no debe. Pero a diferencia de otras personas yo no me arrepiento de nada. Lo amo tanto que hago todo lo que él dice. Excepto una cosa, que es la que me tiene viviendo tan lejos de todo.

Muchos estaréis pensando en mi familia, o en la suya. Me di cuenta de si quería a mi familia debía de alejarme de ellos. A ellos no les costó tanto dejarme ir. Algo que por otro lado, sí me dolió. Sobre su familia mejor no saber más de lo necesario, ya que son gente demasiado poderosa y desequilibrada.

Su familia, a diferencia de la mía, tiene una serie de normas y leyes inamovibles. Algo que a Lycaon nunca se le ocurrió comentar mientras salíamos. Él era una persona tan buena, considerada y amable. El tiempo mostró que era sólo un enorme esfuerzo por compensar lo que en el fondo era. Lycaon se esforzaba en demasía, y conmigo se desvivía. Él no tenía amigos, algo que no me parecía raro y mucho menos con una familia como la suya. 

Al principio era como cualquier otra persona. Yo estaba deseando callar la boca a mi madre y a otros familiares, cuando me preguntaban por un novio, o alguna relación. Después me enamoré de Lycaon, de su manera de agasajarme. No sólo con regalos, sino también con experiencias. A él no le gustaba hablar, pero cuando hablaba se explicaba perfectamente.

Cuando la relación parecía ser ideal. Él conoció a mi familia y yo fui presentada a la suya. A su madre no le gustaba que su hijo saliera conmigo. Algo que manifestaba siempre que podía.

Mi error fue pensar que la opinión de su familia tampoco era tan importante. Seguimos la relación con ese pequeño escollo. El tiempo pasaba la relación no avanzaba a ningún sitio. Decidí quedarme embarazada para forzar las cosas. Cuando Lycaon se enteró quiso morir. Él entró en estado de pánico, jamás lo había visto así.

Sé que antes de pensar embarazarme debería de haberle comentado a él. Pero nunca pensé que fuera el problema que era.

Un día Lycaon se sentó frente a mí. Nunca olvidaré su cara.

- No sabes lo que has hecho. Nunca pensé que fueras tan mala persona.

En aquel momento sentí que la sangre se me helaba. Por mi cara corrieron lágrimas caliente que me parecieron desgarrar mi rostro.

- Mi familia, y por supuesto yo, somos licántropos. Tener un bebé no es algo que hagamos porque sí. Tienes que ser consciente de en lo que te estás metiendo.

Vale, su familia está como toda loca, más loca que todo un manicomio. Licántropos. Sí, le seguí el juego y ahora estoy en la cabaña hasta que tenga el bebé. Pero en cuanto pueda voy a contactar con un psiquiatra. Seguro que Lycaon se pondrá bien.


R. Plata.


© 2022 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)


Foto gracias a Pixabay.

Foto modificada por R.Plata.


febrero 17, 2022

Luca (Relato Corto)


En el desván de la gran mansión había guardado tantos espejos que Luca jamás pudo averiguar cuántos había en realidad. Todos estaban cubiertos con telas para cubrirlos de la luz. Algo que a Luca le parecía absurdo ya que un espero era para mirarse. 

Desde que el tenía memoria su familia los tenía guardados en aquella habitación inhóspita en la parte más alta de la vivienda. El desván era una habitación cerrada con varias vueltas de llave y un candado extra por la parte exterior.

Luca sólo había podido ojeas por el ojo de la cerradura, pero jamás había podido entrar en aquel polvoriento lugar de la casa. Lo de que fueran espejos lo supo porque su abuelo Matías lo había dicho en medio de una de las constantes regañeras que se llevaba al acercarse a aquella zona de la mansión. 

Cuando la abuela Matilde murió, la madre de Luca no recordaba la razón por la cual aquella puerta estaba tan cerrada. Ella no estaba muy segura de que lo que contaba su padre no fuera la señal de un severo trastorno de la vejez y la superstición. Así que cuando se vio en la situación de tener que volver a casa de sus padres, ella no le dio demasiada importancia a aquel desván, ni a los espejos y mucho menos a las historias absurdas de un viejo.

Luca durante el tiempo que sus padre habían estado casados, sólo visitaba a sus abuelos y aquella casa un par de veces al año, pues estaba retirada de todo y de todos. El hecho de que sus padres se divorciaran lo vio más como un castigo hacia él, que por la verdadera razón por la que aquel matrimonio se separó. Al principio Luca vivía con su padre, pero al llegar las vacaciones él lo pasó en casa de sus abuelos. 

Así que el día que Luca se quedó sólo no iba a perder la oportunidad de ver lo que realmente la familia escondía en el desván. Las llaves de las puertas estaban a su alcance en un llavero junto a la despensa. 

Una ver tuvo las llaves en su poder subió las escaleras y cruzó el pasillo como una exhalación. La puerta se resistió al principio, pero Luca no iba a echarse atrás por unas bisagras oxidadas. Una vez dentro del habitáculo el olor a humedad y cerrado le invadía el sentido del olfato. 

La claridad que entraba por el tragaluz iluminó las siluetas de aquellos objetos. Luca levantó una de las telas y dejo ver un enorme espejo con su marco de madera bien esculpida. 

Luca miró a la lámina que había delante de él. Había algo extraño en aquel espejo. Se fijó bien... ¿Dónde estaba su reflejo?... Luca sintió un escalofrió que le recorrió todo su cuerpo, al darse cuenta de que  la habitación estaba ahí al completo, pero él no aparecía. Quizá fuera algún tipo de efecto óptico, o quizás fuera sólo un sueño, pero no fue entonces cuando se abrió la puerta del reflejo y Luca pudo observar como un ser igual que él se acercaba tranquilo, sonrió al verlo y le dijo deberías de haber escuchado las historias de tus abuelos con un poco más de atención.




R. Plata.

© 2022 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY


febrero 10, 2022

Maldita perra.

 


Toco mi camisa mojada por tu sangre y mi sudor.

Te miro tumbada… inerte.

No puedo más que reír.

Ya no vas a tener la última palabra.

Maldita perra, yo sólo era una de tus pulgas.

Ahora mírame, je.

Observa las manchas.

No te mueves. Ya no me rechazas.

Maldita perra, ya no gritas.

Tendría que acomodarte un poco.

Es evidente lo que acabamos de hacer.

Quizás muchos más evidente lo que yo he hecho.

Mis manos se manchan aún más.

Maldita perra, ya no me vas a joder más.

 


R. Plata.

© 2022 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY

febrero 03, 2022

Cuélebre (Relato corto)

Cuélebre


Existió una vez una población cerca del mar tan fructífera que era la envidia de todos los reinos. Únicamente tenía una enorme maldición que la acechaba, en las montañas cercanas vivía un cuélebre. Este era tan grande que la rodeaba por completo. Los habitantes nunca podían salir y los foráneos no podían acceder.

Aquel ser atemorizaba a todos, pero en la población ya estaban acostumbrados a él. Para los foráneos era terrorífico, pero en el fondo pensaron que era culpa de los habitantes de la población por no acabar con ella. Lo que ocurría era que todo el mundo sabía que aquella bestia llevaba allí más tiempo que el bisabuelo del más anciano de los que allí vivían. Las costumbres de los habitantes de la población lo habían ayudado a sobrevivir todo aquel tiempo.

Aquel ser era alimentado con panes, huevos y animales, pero cada cierto tiempo se debía celebrar “El día del cuélebre” para seleccionar a una de las familias. Esta estaba obligada a entregar al cuélebre uno de sus miembros.

Ocurrió que en la celebración del día del cuélebre fue la familia Pueyo la elegida. Ánxelu Pueyo, padre de la familia, decidió que él por su edad debía ser quien sería sacrificado, pero su segundo hijo, Xandru, no estaba de acuerdo. El muchacho amaba a su padre por encima de todas las cosas. Él no iba a permitir que su padre muriera tan atrozmente. Fue entonces cuando convenció a sus dos hermanos de salvar a su padre. Los otros dos muchachos también lo tenían en gran estima por ser una persona noble y buena. Los tres hermanos decidieron unirse y luchar contra la aterradora criatura.

Dos días antes de la entrega en sacrificio del señor Pueyo fueron sus hijos a la cueva donde el cuélebre metía la cabeza para proteger su cuello mientras dormía. Los tres muchachos llevaban todas las armas que encontraron. Cuando se estuvieron en el punto justo para degollar al cuélebre este despertó. Comiéndose a los tres de un bocado.

El cuélebre al darse cuenta de que aquellos seres que custodiaba lo habían intentado matar decido marcharse al mar. Pues él únicamente había ido a protegerlos de los invasores para que no los arrasasen porque eran débiles, pero al ver a aquellos tres fuertes muchachos se dio cuenta de que era hora de volver a casa y dejar que se defendieran solos de sus invasores


R. Plata.

© 2022 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY


Juicio de anteojeras

Hace años que me canse de luchar por algo que no funcionaba. Aunque hay veces que la gente siga creyendo que el error era yo. Las bondades y...