noviembre 30, 2021

Cansada

 


Cansada del ruido, de las luces y los vientos del sur.

Cansada de las voces, de las manías y las idas sin sentido.

Cansada hasta perder el sentido del deber.

Tan cansada… sin descanso.

Cansada de luchar, por un ayer tormentoso.

Cansada se seguir escuchando susurros sin sentido.

Cansada de regirme por el sur en lugar de por el norte.

Tan cansada de tropezar siempre con el mismo hito.


Cansada de confundir tiempo y manera.

Cansada de seguir deslumbrada.

Cansada del zumbido… casi de un latido.

 Tan cansada de todo... hasta del olvido.

 

R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.

noviembre 25, 2021

María (Relato Corto)

 


Cuando Cristóbal murió sentí como si también estuviera a punto de morirme, sentí que se me acababa la vida.

Sentada en el banco de la iglesia junto al ataúd sentí instalarse en el centro de mi pecho un gran vacío y luego un gran dolor. No podía tragar ni mi propia saliva.

Cris llevaba enfermo unos meses y no me gustaba verlo sufrir. Murió en nuestra cama. Entonces me sentí algo aliviada. Después me sentí mal y pensé que era algo cruel por mi parte.

Durante el funeral no me moví del banco en el que estaba sentada, mientras una enorme fila de gente me daba el pésame, realmente no recuerdo a casi nadie.

Mi hijo Miguel, el segundo, me ayudo a levantarme y me dejo con mi nuera que me abrazó cariñosamente.

Mis seis hijos se echaron el féretro al hombro y llevaron a su padre hasta el mismo coche de la funeraria. La familia lo seguimos a pie hasta el cementerio. Desde que el ataúd llego a casa no pude separar mis ojos de la preciosa madera de haya con la que estaba construido.

El párroco, Don Pedro, quería mucho a mi Cris, decía que era un hombre honrado, no por ser feligrés, porque mi Cris era bien republicano, sino porque le devolvió un dinero que se le había perdido. Él volvió a bendecir el ataúd con mi Cris dentro.

En lo que me pareció un parpadeó los chicos del cementerio lo pusieron en un nicho. Allí le metieron algunas coronas de flores, y después cerraron.

Al principio todo el mundo estuvo a mi lado, todos me daban el pésame, muchos eran gente con la que sólo había cruzado dos palabras en toda mi vida. Con el paso de los días los pésames siguieron, pero procedían de esa gente del pueblo que "no pudieron ir al funeral"... simplemente no quisieron ir, algunos hasta se hacían los sorprendidos... pero que importa ya.

Alguna vez preparaba comida para dos, o ponía su ropa sobre la silla para que se la pusiera el día siguiente. Luego me acordaba y sólo me quedaba llorar.

Mi hijo Cristóbal, el mayor de los seis, y su mujer vinieron un fin de semana a visitarme. Tuvimos una conversación en la que todos lloramos. Tenían razón, la casa era demasiado grande para mí sola, ya lo era para Cris y para mí cuando los chicos se independizaron.

Ellos dos me ayudaron a acomodarlo todo, sacamos la ropa del armario, me deshice de todas sus cosas cotidianas...me guarde su peine metálico con el que se repeinaba y se hacía la raya a la izquierda.

Los años me han hecho perder facultades, y no sólo estoy empezando a olvidarme de cosas, sino que cada vez me siento más torpe. Aunque sigo cuidando un pequeño huerto en la residencia, no es lo mismo que en casa, ni tan importante. Mi hijo tenía razón, no era bueno que me quedase sola en el pueblo. Ahora estoy bien tengo un par de amigas nuevas con las que salgo al parque a pasear y los domingos a la noche vamos a la verbena que se celebra en la residencia, pero lo que más me gusta es jugar al bingo y ganar.

Claro que echo de menos a Cris, me hubiera gustado compartir los viajes, los bailes y el bingo con él... pero su casa era su casa y nadie lo movería de allí... y al final así fue.

Yo soy distinta... yo me adapto a lo que haya...al fin y al cabo yo estoy bien donde esté.

 



R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS. 

noviembre 23, 2021

Hasta los árboles



Corre mi amor, corre. 

Hay que llegar a los árboles. 

Corre, no te pares. 

Tenemos que ocultarnos. 

Corre, mi amor, no mires atrás.

Debemos de llegar antes de que oscurezca. 

Corre, no te entretengas.

Nos pisan los talones.

Corre todo lo que puedas y más.

Esos salvajes casi están aquí. 

Corre mi amor, corre.


¡Malditos humanos!



R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.

noviembre 18, 2021

¿Me quieres? (Relato corto)

 


- ¿Me quieres? – preguntó ella a su amante nocturno.

Ella la miró extrañada.

- Algo más que eso, te amo con todo mi corazón.

- No exageres, a veces de tan cursi pareces una mentirosa. Sé que siempre habrá alguien más en tu corazón.

- Sí, pero es una parte del corazón distinta. Mi amor por ti, no es igual que el amor que he tenido por otras ¡Oh dios! No quiero separarme de ti.

- Sabes, son las seis de la mañana.

- Tú y tus horarios. Tú y tus normas. Tú y tu ética.

- No empieces.

- No te preocupes. Mañana no me voy. Me serás fiel ¿no?

- Ahora no te fías de mí.
Se incorporó sentándose en la cama. La miró a los ojos y refrenó las ganas de besarla.

- Sólo tú eres capaz de hacerme esto.

- Las cosas las estas complicando tú sola. Las cosas conmigo están claras desde el principio.
Después de decir esto se quedó un segundo en silencio. Deseaba mandar todo al carajo, pero ella quería llegar lejos profesionalmente y no la vida bohemia que se le estaba ofreciendo.

- Lo mejor es que esto acabe aquí.
Ella la amaba, tanto que las palabras que salieron de su boca eran las que jamás habría querido pronunciar. Quizás debía de haberlo dicho de otra forma, pero no lo hizo.
Se levando en el silencio de su amante. Se vistió a prisa para no dar un paso en falso.
Al cerrar la puerta lo último que escuchó fue un sollozo, junto con su propio corazón haciéndose añicos.

- No te quiero, te amo- dijo montándose en el coche- por eso, no puedo arrastrarte a una vida que no es digna de ti.



R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.

noviembre 16, 2021

Caleidoscopio


Miré a los ojos a los hijos que nunca tuve.

Miré a los ojos a las parejas que nunca quise.
Miré a los ojos a los amigos que nunca hice.
Miré a los ojos a las mascotas que nunca adopte.

Miré los caminos que nunca tome.
Miré las opciones que nunca escogí.
Miré los viajes que nunca hice.
Miré los libros que nunca leí.

Miré las cosas que nunca robe.
Miré las drogas que nunca tome.
Miré las borracheras que nunca tuve.
Miré a los ojos a la gente que no violente.

Miré la vida que pude tener.
Miré los estudios que pude tener.
Miré los trabajos que pude tener.

Ahora, simplemente, mírame.


Autora: R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS..

noviembre 11, 2021

Las cortinas de la ventana

 

Las cortinas de la ventana

Abro las cortinas de mi cuarto, corro por el pasillo buscando algo.

Las cortinas de los grandes ventanales se mezclan con mis largas ropas.
Viento, tejido y anhelos se mezclan en esos momentos.
Un castillo cerrado no es lugar para vivir.

Abro las cortinas de mi cuarto y el viento alborota mis cabellos.
Las cortinas de los grandes ventanales se agitan con aires renovados.
Viento, tejido y anhelos se mezclan en esos momentos.
Una burbuja de cristal no es lugar para vivir.

Abro las cortinas de mi cuarto miró abajo.
Las cortinas de los grandes ventanales parecen alas al viento.
Me asomo para ver algo.
Siento el aire a mis espaldas.
Una romántica sensación de libertad me embarga.
Un libro no es un buen lugar para existir.

Abro las cortinas de mi cuarto.
Las cortinas de los grandes ventanales.
No es un buen lugar para vivir.
Pero es en el único sitio que puedo existir.

R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.

noviembre 09, 2021

¿Dónde está la luz cuando se la necesita?

Dónde está la luz cuando se la necesita


¿Dónde está la luz cuando se la necesita?

Abrí puertas y ventanas y sólo entró más oscuridad.

Sentí la brisa fresca de la noche y sólo sentí oscuridad.

Me lance al vacío desde un torreón.  

Me arrojé a un pozo profundo.

Colgué mi cuerpo por el cuello.

Corté mis venas a lo largo.

Me lance frente al tren.

Tragué veneno.

Y me preguntas los porqués.

La noche era tan oscura.

Su sombra tan alargada.

¿Dónde está la luz cuando se la necesita?

 

R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.


noviembre 04, 2021

Blanca (Relato corto)



Blanca volvió a casa desde el instituto. Sólo quería llorar y gritar, pero decidió callarse. Sabía que su familia ya tenía suficiente con los problemas económicos y la enfermedad de la abuela.

Blanca había visto como en cuestión de días en su instituto había pasado de ser invisible a la señalada. La razón no la tenía clara, quizás no era una sola. Ella nunca había sido muy echada para adelante, y como sabía que no estaba bien dar malas respuesta prefería callarse.

Blanca había llegado a pensar que aquella situación era sólo culpa de ella. Porque ella no era muy inteligente, había muchas cosas que ella no sabía y por mucho que el profesor las repitiera seguía sin entenderlas. Al final sus compañeros se rieron de ella, así que por mucho que no entendiera nada, ni se le ocurriría levantar la mano.

Además había comenzado a sentir algo por David, el chico más popular de la clase, pero este no le hacía ni caso. Paula que la había visto mirarlo había destacado aquel hecho gritándolo en plena clase.

Las burlas de los miembros de la clase comenzaron a salirse de tono. Algo en lo que los profesores no se metieron.

Blanca se pasaba el día enojada, algo que sus padres le reprochaban a diario. Ella intentaba olvidar lo que le ocurría en clase, así que no hablaba del instituto en casa. Si por casualidad le preguntaban siempre tenía la misma respuesta comodín: “todo bien”.

Sus padres enfrascados en sus propios problemas y rutinas no prestaron atención a su solitaria hija. Ellos nunca le habían exigido ninguna nota mínima en el colegio, ahora que había pasado al instituto no iban a empezar.

Blanca entró en su habitación en el único lugar que el silencio era total. Ya no quería salir de casa para no encontrarse con nadie de su clase. Y mucho menos meterse en internet o tener un móvil. Blanca quería volar lejos, irse a otro mundo, un mundo en el que todos sus compañeros sólo fueran motas de polvo insignificantes.

Blanca incluso estaba pensado en acabar con su vida. Había querido morir tantas veces mientras estaba en clase. Pero, se dio cuenta que así quienes sufrirían serian sus padre y su abuela, a quien ella quería mucho. Eliminó todas sus redes sociales, sólo entraría lo estrictamente necesario o bajo un alias que sólo sus padres conocieran. Fue entonces cuando nació Laida.

Blanca no estaba dispuesta a darles a sus compañeros más oportunidades de insultarla.

Blanca comenzó a plantear su vida de otro modo, porque ya no era Blanca era Laida. Y Laida era una persona responsable e independiente, a quien no le importaba lo que los demás dijeran. Pero, sólo con eso Laida no era nadie ¿qué quería Blanca para Laida?

Blanca buscó hobbies que no requirieran de un gasto económico extra y que a ella realmente le gustaran. Lo cierto es que no los encontró.

Lo que le quedó claro a Blanca era que para que Laida fuera real necesitaba dinero. Ni por un segundo a ella se le ocurriría cogerlo prestado de nadie, porque por mucho que lo disfrazará eso era robo. Laida sería una chica inteligente y no tendría miedo ante los demás. Tras pesarlo se dio cuenta que lo que necesitaba era salir de aquel instituto. Habló con sus padres sobre lo que le pasaba y sus padres no le dieron una solución. O al menos no la solución que ella quería.

– Debes de acabar el instituto – le dijo su padre – sino no te harán caso en ningún sitio por analfabeta. Casi no sabes ni leer y escribes regular.

Los padres de Blanca no se dieron cuenta que diciéndole aquello la destruyeron un poco más.

Blanca entonces pensó: “si tengo que pasar mis días en ese instituto, he de pasar la menor cantidad posible”. Así que sin ganas y con un creciente rechazo a sus padres comenzó a estudiar. Pero claro, no entendía nada. Se sintió más estúpida aún por creer que de la noche a la mañana iba a sacarse el instituto.

Entonces su abuela Otilia quiso hablar con ella y le dijo:

– Nadie nacimos sabiéndolo todo. Si tú de veras quieres ser Laida has de tener clara una cosa, Blanca jamás desaparecerá, solo cambiará. Hay cientos de personas que te ayudaran en la vida y otras cientos que sólo querrán pisarte la cabeza. Sólo has de rodearte de quienes quieran ayudarte. Habla con tus maestros y pregúntales como sacar mejores notas. Pero no lo hagas delante de esos estúpidos que tienes por compañeros- la señora se quedó un rato pensando- Además no está eso del internet, busca cosas del colegio y estudia de ahí.

Blanca se acercó a la ludoteca pública donde sólo iban niños más pequeños que ella. Allí conoció a Cristina, a quien le contó que no sabía bien leer ni escribir, que sus padres no podían ayudarla porque tampoco eran muy duchos en el tema y no tenían tiempo.

Cristina se apiado de la chica y sacó unos libros ilustrados. Marta su compañera al verlas preguntó, por la edad de Blanca. Cristina explicó la situación. Marta era una persona de orígenes muy humildes, más de lo que se atrevía a confesar. Así que se tomó a pecho aquello de ayudar a Blanca.

Blanca odiaba el instituto y odiaba a sus compañeros. Pero les dejo de dar importancia. Si se pasaban de la raya, no bajaba la cabeza, se acercaba a un profesor y le comentaba lo que ocurría. No le importaba que le dijeran chivata, ya le gritaban e insultaban con cosas peores.

Blanca no iba a enfrentar a sus compañeros, no tenía fuerzas para eso. Sus fuerzas estaban puestas es aprender a leer y escribir mejor.

Cristina era paciente con ella y Blanca estaba tan interesada que no faltaba ni un día. Algo que a las dos mujeres de la ludoteca les pareció encomiable.

Un día Marta sorprendió a Blanca:

– A partir de mañana vendré una hora antes y te ayudaré con las asignaturas del instituto. Así leerás nuevas palabras y conocimientos que vas a necesitar para sacarte el curso.

Blanca no sé podía creer que alguien que casi no la conocía quisiera ayudarla de verdad. Blanca se sintió confiada en contarle sobre Laida. A Marta le pareció interesante y decidió ayudarla con aquello. Blanca entonces aprendió una nueva palabra: “álter ego”.

Marta hablo con Blanca sobre Laida. Ella tenía que tener claro que su única característica no podía ser que no le afectaba lo que los demás dijesen. Porque entonces le estaba dando el poder a otros sobre Laida.

La verdad es que Marta no era de ayudar a nadie, o al menos a nadie que ella no pensara que se mereciera su tiempo. Pero con Blanca era diferente, la vio desesperada. Además lo que hacían sus compañeros le parecía un abuso total, por mucho que a ellos les pareciera coña.

Blanca comenzó un día a escribir cartas a Laida, quien respondía sarcásticamente sobre sus compañeros. Blanca de ese modo se desahogaba. Además se propuso no tratar mal a ninguno de los miembros de su familia, ya que sabía que ellos no tenían culpa de la crueldad de sus compañeros.

Blanca no vio los resultados de su arduo trabajo hasta que no pasaron unos meses. Sus notas trimestrales habían mejorado, no eran las mejores del mundo, ni siquiera había aprobado las material que más le costaban, pero ella se sintió feliz por aquel paso adelante.

Gracias a Cristina, Marta, su familia y algunos profesores, la chica pudo llevar a término su primer año de instituto, aunque tuvo que repetir curso. Aquel verano no dejó de estudiar. Necesitaba tener al menos los conocimientos básicos para superar el primer curso. Blanca comprendió que no es que fuera tonta es que nunca había comprendido realmente lo que sus profesores le explicaban. Entonces no sabía de que hablaban estos cuando pasaban al tema siguiente, lo que hacía un efecto bola de nieve difícil de remediar. Cristina y Marta ayudaron a la chica durante todo el verano. Lo que la ayudo a tomar confianza.

A Blanca se le hizo corto el verano y el primer día de clase se sentó cerca del profesor. La gran mayoría de sus compañeros eran nuevos. De repente escuchó uno de los insultos que solían decirle. Sin darse cuenta Laida respondió mordazmente. Esto dejó en silencio a toda la sala.

Blanca no volvió a escuchar ni un solo insulto más en lo que le quedó de cursar el instituto.


Autora: R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Deshilando mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.


Juicio de anteojeras

Hace años que me canse de luchar por algo que no funcionaba. Aunque hay veces que la gente siga creyendo que el error era yo. Las bondades y...