Querer llevar un sueño acabo es más fácil mientras sueñas en ello, pero llevarlo a la práctica se complica a cada paso, como un castigo de la mitología griega.
Autora: R. Plata.
Cada entrada es un viaje a alguna parte perdida. Estos escritos tienen copyright.
Querer llevar un sueño acabo es más fácil mientras sueñas en ello, pero llevarlo a la práctica se complica a cada paso, como un castigo de la mitología griega.
Autora: R. Plata.
Durante toda mi vida me aleccionaron.
Me adoctrinaron con lecciones incorrectas.
Me instruyeron para llevar una máscara.
Nunca me prepararon para la vida real.
Sólo me formaron para no ser nadie.
Nunca hice caso a sus consejos.
Nunca escarmenté con sus regaños.
Yo siempre sabía que en esta vida hay algo más.
Me anularon por completo.
Conseguí salir de la oscuridad,
y la luz me quemó los ojos.
Conseguí gritar socorro
y alguien me escuchó.
Aprendí a ver más allá de sus narices.
Aprendí a mirarme al espejo.
Fui autodidacta entre las sombras.
Cree sueños que poder realizar.
Hay días que por momento me sentido yo misma.
Hay días que por un instante estoy sin mi máscara.
Hay días que recuerdo mi rebeldía.
Hay días que todo se me vuelve un galimatías.
Autora: R. Plata.
La estación de tren estaba abarrotada. El olor a carbón quemado
invadía los alrededores. José descansó un segundo apoyando su maleta de cuero y
madera en el suelo. Había estado ahorrando en secreto para aquel viaje desde
hacía más de tres años. Sabía su destino e itinerario a la perfección. Su
intención de marcharse no se la insinuó ni a su mejor amigo.
José siempre había sabido que a él no le ocurriría como al resto
de los habitantes de su pueblo. Sabía que su vida no iba a ser ese film
repetido una y otra vez. Ese film de novia, esposa, hijos y familia.
Aquel joven resuelto siempre había intuido que para él las cosas
serían distintas. Había llegado allí en el autocar que sólo pasaba una vez a la
semana. Y tras esquivar a los maleteros de la estación para no soltar ni una
monedilla, se encontraba frente al tren que le alejaría de una apática vida.
Tomó aire y subió al tren con mucho esfuerzo. Una vez arriba por
un momento se sintió importante. Aquella gente no era con los que se había
relacionado hasta entonces. Pero si esperaba hacerlo a menudo desde aquel
momento por muy modestos que fueran sus orígenes.
El tren salió de la estación con él dentro. Se asomó por la
ventanilla y sus castaños cabellos se mecieron al viento. Sacó la mano y la
agitó para decir adiós. No había nadie en la estación que lo hubiera
acompañado, pero él no le decía adiós a una persona, sino a un modo de vida.
Su cara sonriente se ilumino al recordar su destino. No volvería
jamás, pero no se olvidaría de quien dejó atrás.
El tren aceleró y él tomó asiento. Sintió un nuevo sentimiento, la
felicidad, o más bien las oportunidades abiertas hacia una vida mejor.
R. Plata.
Cuando la diligencia paro en la plaza Benjamín no estaba seguro de que
debía de hacer, su tío Augusto aún no había llegado. El frio le calaba los
huesos y el hambre que sentía le hacía doler las tripas. Quizás la idea de su
madre de enviarlo con aquel familiar desconocido, al menos para él, no había
sido tan buena.
Benjamín acomodo, por millonésima vez, su ropa cuando el sol ya caía.
Seguía sereno esperando que su tío apareciera. Cuando los lamperos encendieron
las luces, el niño comenzó a impacientarse.
Hacía ya unos meses su madre había enviado un mensaje a un hermano menor,
quien le contestó con una serie de palabras protocolares dando su confirmación
en admitir al joven bajo su protección y cuidado. Eso sí, agradeciendo la
oferta de su hermana de enviar al niño con cierta cantidad de monedas de plata.
Un hombre enjuto bajaba a toda prisa por una empinada cuesta que daba a la
plaza. Abrochaba la larga gabardina que llevaba mientras mascullaba.
- Benjamín - lo llamó en alto al divisar al niño – discúlpame. Creí que la
diligencia llegaba a la noche.
El joven se giró a mirarlo. Aquel hombre aún poseía algunos rasgos de una
foto en la que tenía seis años y que era la única que poseía su madre Benjamín
sacó la bolsa de cuero con las monedas para dárselas a su tío. Este la miró y
sonrió.
- Dios bendiga la inteligencia de tu madre y tenga en su gloria a tu padre.
¿Y tus otros hermanos con quién se quedaran?
- Rose, Clementine y Charlie se quedaran con tía Clotilde. Mary, Brian y Ed
se quedaran con mamá.
- Así que sólo nos ha colocado hijos a los solteros – dijo con un ademan –
si no podía cuidarlos para que tubo tantos.
Benjamín quiso patear en ese momento a su tío, pero si lo hacía quizás se
quedaba en la calle con aquel viento gélido. Una extraña niebla de una
tonalidad blanquecina comenzó a formarse. El niño sintió la mano enguantada de
su tío tomándole por el antebrazo. A Benjamín le sorprendió aquella repentina
prisa. Pudo tomas a duras penas la única valija que llevaba.
La cuesta por la que había llegado Augusto fue el camino que tomaron. El
niño iba llevado en volandas. El hombre iba maldiciendo entre dientes. Cuando
llegaron frente a una edificación de fachada blanca y puerta marrón Augusto
miró a ambos lados antes de abrir la puerta. Una vez abierta casi lanzo a
Benjamín al interior de la vivienda. Al cerrar la puerta el hombre se giró y le
dijo al niño:
- La bolsa de las monedas te la guardas bien. Es tu dinero. Lo más seguro
que sea la única herencia que recibas sin pelear. Dormirás arriba. Preparé una
habitación. Tienes listo un baño caliente y ropa limpia.
El niño estaba cansado. El viaje hasta allí había sido largo, pero hasta
dos paradas antes había estado acompañado por sus tres hermanos mayores, Rose,
Clementine y Charlie.
Aquella pequeñísima casa adosada sería donde viviría hasta que a su tío se
le ocurriera echarlo, como había hecho su madre con él, según Benjamín. Al
llegar a su pequeña habitación se dio cuenta de que tan sólo era la mitad de la
habitación original. Augusto había puesto una nueva pared y había puesto una
puerta para tener más intimidad.
Tras un baño reparados. Tocaba la cena. Benjamín cerró la puerta de su
nueva habitación con cuidado. La comida estaba ya sobre la mesa. Cuando vio a
su tío le pareció gracioso pensar en lo mucho que se parecía a su madre.
- Si quieres puedo hacer las diligencias suficientes para que vayas a la
escuela. Pero la más cercana está a unos quince kilómetros y no hay transporte
que te lleve allí. Yo puedo darte las clases sólo has de decirme que estabas
estudiando.
- Nada, no he ido lo suficiente para aprender algo útil, casi ni leer sé.
- Pues a partir de mañana eso va a cambiar. Lo único es que yo he de ir a
trabajar y te quedaras sólo en casa algún tiempo. Mientras yo no esté en casa
tú no podrás salir de ella.
- ¿Por qué?
- Porque puede ser que no la encuentres a la vuelta.
- No me alejaré mucho.
- No, no me estas entendiendo. Es que esta casa no siempre está en el mismo
lugar.
Benjamín pensó que su tío le estaba tomando el pelo. Sonrió.
- Sí, yo reaccioné igual cuando me lo dijeron la primera vez- Augusto se
acomodó en la silla- está casa me la regalo un buen amigo mío que decía estar
harto de ir dando vueltas buscando su casa. A su vez a él alguien se la había
regalado otro amigo por razones parecidas.
El niño prestó mucha más atención a su tío mientras tomaba su sopa.
- La casa se llama: Oicós. Lo que vine siendo casa en griego. He buscado
mucho sobre ella y no he encontrado nada. Lo único que tengo es una escritura
de una vivienda sin dirección. Oicós ya me conoce, y por supuesto que ya sabe
mis costumbres. Ella ya sabe que tiene que esperarme. Le pedí permiso para que
pudieras venir.
- Entonces según tú, la casa está viva.
- Cuanto te falta por saber… todo está vivo. Desde la casa hasta nosotros,
bueno, no todos nosotros. Pero ya lo entenderás. – Augusto se bebió la sopa de
un solo trago y continuó diciendo- Por ello, prefiero que no salgas de la casa
durante un tiempo. No te preocupes no te vas a aburrir, yo me encargaré de
dejarte tareas suficientes para que estés entretenido.
- La casa habla contigo – dijo el niño aún desconfiado.
- ¿Cómo va a hablar conmigo? Es una casa.
- ¿Y cómo sabes su nombre?
- Lo ponía en las escrituras de propiedad.
Tras un rato de conversación a Benjamín no le quedó claro si su tío le
decía aquello para que no saliera de casa, o lo estaba haciendo como parte de
una broma larga y muy elaborada.
El niño se fue a dormir. A la mañana siguiente cuando despertó su primer
instinto fue abrir la ventana para airear la habitación. Al ver el paisaje
frente a él se dio cuenta de que la casa no estaba en el mismo lugar. Aquel
pueblo en el que se encontraba era de montaña, pero él había ido a una aldea en
la vega cerca de unos campos de viñedos. Fue entonces cuando se acordó de lo
que su tío le había contado la noche anterior. El niño se sorprendió, pero le
pareció algo tan maravilloso que grito de alegría por toda la casa.
R. Plata.
Hace años que me canse de luchar por algo que no funcionaba. Aunque hay veces que la gente siga creyendo que el error era yo. Las bondades y...