julio 27, 2022

Castigo griego.


Querer llevar un sueño acabo es más fácil mientras sueñas en ello, pero llevarlo a la práctica se complica a cada paso, como un castigo de la mitología griega. 


Autora: R. Plata.

julio 20, 2022

Aleccionada



Durante toda mi vida me aleccionaron.

Me adoctrinaron con lecciones incorrectas.

Me instruyeron para llevar una máscara.

Nunca me prepararon para la vida real.

Sólo me formaron para no ser nadie.


Nunca hice caso a sus consejos.

Nunca escarmenté con sus regaños.

Yo siempre sabía que en esta vida hay algo más.

Me anularon por completo.


Conseguí salir de la oscuridad,

y la luz me quemó los ojos.

Conseguí gritar socorro

y alguien me escuchó.


Aprendí a ver más allá de sus narices.

Aprendí a mirarme al espejo.

Fui autodidacta entre las sombras.

Cree sueños que poder realizar.


Hay días que por momento me sentido yo misma.

Hay días que por un instante estoy sin mi máscara.

Hay días que recuerdo mi rebeldía.

Hay días que todo se me vuelve un galimatías.


Autora: R. Plata.


julio 13, 2022

El tren (Relato Corto)

 

La estación de tren estaba abarrotada. El olor a carbón quemado invadía los alrededores. José descansó un segundo apoyando su maleta de cuero y madera en el suelo. Había estado ahorrando en secreto para aquel viaje desde hacía más de tres años. Sabía su destino e itinerario a la perfección. Su intención de marcharse no se la insinuó ni a su mejor amigo.

José siempre había sabido que a él no le ocurriría como al resto de los habitantes de su pueblo. Sabía que su vida no iba a ser ese film repetido una y otra vez. Ese film de novia, esposa, hijos y familia.

Aquel joven resuelto siempre había intuido que para él las cosas serían distintas. Había llegado allí en el autocar que sólo pasaba una vez a la semana. Y tras esquivar a los maleteros de la estación para no soltar ni una monedilla, se encontraba frente al tren que le alejaría de una apática vida.

Tomó aire y subió al tren con mucho esfuerzo. Una vez arriba por un momento se sintió importante. Aquella gente no era con los que se había relacionado hasta entonces. Pero si esperaba hacerlo a menudo desde aquel momento por muy modestos que fueran sus orígenes.

El tren salió de la estación con él dentro. Se asomó por la ventanilla y sus castaños cabellos se mecieron al viento. Sacó la mano y la agitó para decir adiós. No había nadie en la estación que lo hubiera acompañado, pero él no le decía adiós a una persona, sino a un modo de vida.

Su cara sonriente se ilumino al recordar su destino. No volvería jamás, pero no se olvidaría de quien dejó atrás.

El tren aceleró y él tomó asiento. Sintió un nuevo sentimiento, la felicidad, o más bien las oportunidades abiertas hacia una vida mejor.

 

R. Plata.

 

julio 06, 2022

Benjamín (Relato Corto)

 


Cuando la diligencia paro en la plaza Benjamín no estaba seguro de que debía de hacer, su tío Augusto aún no había llegado. El frio le calaba los huesos y el hambre que sentía le hacía doler las tripas. Quizás la idea de su madre de enviarlo con aquel familiar desconocido, al menos para él, no había sido tan buena.

Benjamín acomodo, por millonésima vez, su ropa cuando el sol ya caía. Seguía sereno esperando que su tío apareciera. Cuando los lamperos encendieron las luces, el niño comenzó a impacientarse.

Hacía ya unos meses su madre había enviado un mensaje a un hermano menor, quien le contestó con una serie de palabras protocolares dando su confirmación en admitir al joven bajo su protección y cuidado. Eso sí, agradeciendo la oferta de su hermana de enviar al niño con cierta cantidad de monedas de plata.

Un hombre enjuto bajaba a toda prisa por una empinada cuesta que daba a la plaza. Abrochaba la larga gabardina que llevaba mientras mascullaba.

- Benjamín - lo llamó en alto al divisar al niño – discúlpame. Creí que la diligencia llegaba a la noche.

El joven se giró a mirarlo. Aquel hombre aún poseía algunos rasgos de una foto en la que tenía seis años y que era la única que poseía su madre Benjamín sacó la bolsa de cuero con las monedas para dárselas a su tío. Este la miró y sonrió.

- Dios bendiga la inteligencia de tu madre y tenga en su gloria a tu padre. ¿Y tus otros hermanos con quién se quedaran?

- Rose, Clementine y Charlie se quedaran con tía Clotilde. Mary, Brian y Ed se quedaran con mamá.

- Así que sólo nos ha colocado hijos a los solteros – dijo con un ademan – si no podía cuidarlos para que tubo tantos.

Benjamín quiso patear en ese momento a su tío, pero si lo hacía quizás se quedaba en la calle con aquel viento gélido. Una extraña niebla de una tonalidad blanquecina comenzó a formarse. El niño sintió la mano enguantada de su tío tomándole por el antebrazo. A Benjamín le sorprendió aquella repentina prisa. Pudo tomas a duras penas la única valija que llevaba.

La cuesta por la que había llegado Augusto fue el camino que tomaron. El niño iba llevado en volandas. El hombre iba maldiciendo entre dientes. Cuando llegaron frente a una edificación de fachada blanca y puerta marrón Augusto miró a ambos lados antes de abrir la puerta. Una vez abierta casi lanzo a Benjamín al interior de la vivienda. Al cerrar la puerta el hombre se giró y le dijo al niño:

- La bolsa de las monedas te la guardas bien. Es tu dinero. Lo más seguro que sea la única herencia que recibas sin pelear. Dormirás arriba. Preparé una habitación. Tienes listo un baño caliente y ropa limpia.

El niño estaba cansado. El viaje hasta allí había sido largo, pero hasta dos paradas antes había estado acompañado por sus tres hermanos mayores, Rose, Clementine y Charlie.

Aquella pequeñísima casa adosada sería donde viviría hasta que a su tío se le ocurriera echarlo, como había hecho su madre con él, según Benjamín. Al llegar a su pequeña habitación se dio cuenta de que tan sólo era la mitad de la habitación original. Augusto había puesto una nueva pared y había puesto una puerta para tener más intimidad.

Tras un baño reparados. Tocaba la cena. Benjamín cerró la puerta de su nueva habitación con cuidado. La comida estaba ya sobre la mesa. Cuando vio a su tío le pareció gracioso pensar en lo mucho que se parecía a su madre.

- Si quieres puedo hacer las diligencias suficientes para que vayas a la escuela. Pero la más cercana está a unos quince kilómetros y no hay transporte que te lleve allí. Yo puedo darte las clases sólo has de decirme que estabas estudiando.

- Nada, no he ido lo suficiente para aprender algo útil, casi ni leer sé.

- Pues a partir de mañana eso va a cambiar. Lo único es que yo he de ir a trabajar y te quedaras sólo en casa algún tiempo. Mientras yo no esté en casa tú no podrás salir de ella.

- ¿Por qué?

- Porque puede ser que no la encuentres a la vuelta.

- No me alejaré mucho.

- No, no me estas entendiendo. Es que esta casa no siempre está en el mismo lugar.

Benjamín pensó que su tío le estaba tomando el pelo. Sonrió.

- Sí, yo reaccioné igual cuando me lo dijeron la primera vez- Augusto se acomodó en la silla- está casa me la regalo un buen amigo mío que decía estar harto de ir dando vueltas buscando su casa. A su vez a él alguien se la había regalado otro amigo por razones parecidas.

El niño prestó mucha más atención a su tío mientras tomaba su sopa.

- La casa se llama: Oicós. Lo que vine siendo casa en griego. He buscado mucho sobre ella y no he encontrado nada. Lo único que tengo es una escritura de una vivienda sin dirección. Oicós ya me conoce, y por supuesto que ya sabe mis costumbres. Ella ya sabe que tiene que esperarme. Le pedí permiso para que pudieras venir.

- Entonces según tú, la casa está viva.

- Cuanto te falta por saber… todo está vivo. Desde la casa hasta nosotros, bueno, no todos nosotros. Pero ya lo entenderás. – Augusto se bebió la sopa de un solo trago y continuó diciendo- Por ello, prefiero que no salgas de la casa durante un tiempo. No te preocupes no te vas a aburrir, yo me encargaré de dejarte tareas suficientes para que estés entretenido.

- La casa habla contigo – dijo el niño aún desconfiado.

- ¿Cómo va a hablar conmigo? Es una casa.

- ¿Y cómo sabes su nombre?

- Lo ponía en las escrituras de propiedad.

Tras un rato de conversación a Benjamín no le quedó claro si su tío le decía aquello para que no saliera de casa, o lo estaba haciendo como parte de una broma larga y muy elaborada.

El niño se fue a dormir. A la mañana siguiente cuando despertó su primer instinto fue abrir la ventana para airear la habitación. Al ver el paisaje frente a él se dio cuenta de que la casa no estaba en el mismo lugar. Aquel pueblo en el que se encontraba era de montaña, pero él había ido a una aldea en la vega cerca de unos campos de viñedos. Fue entonces cuando se acordó de lo que su tío le había contado la noche anterior. El niño se sorprendió, pero le pareció algo tan maravilloso que grito de alegría por toda la casa.

 

R. Plata.

Juicio de anteojeras

Hace años que me canse de luchar por algo que no funcionaba. Aunque hay veces que la gente siga creyendo que el error era yo. Las bondades y...