Benjamín (Relato Corto)
Cuando la diligencia paro en la plaza Benjamín no estaba seguro de que
debía de hacer, su tío Augusto aún no había llegado. El frio le calaba los
huesos y el hambre que sentía le hacía doler las tripas. Quizás la idea de su
madre de enviarlo con aquel familiar desconocido, al menos para él, no había
sido tan buena.
Benjamín acomodo, por millonésima vez, su ropa cuando el sol ya caía.
Seguía sereno esperando que su tío apareciera. Cuando los lamperos encendieron
las luces, el niño comenzó a impacientarse.
Hacía ya unos meses su madre había enviado un mensaje a un hermano menor,
quien le contestó con una serie de palabras protocolares dando su confirmación
en admitir al joven bajo su protección y cuidado. Eso sí, agradeciendo la
oferta de su hermana de enviar al niño con cierta cantidad de monedas de plata.
Un hombre enjuto bajaba a toda prisa por una empinada cuesta que daba a la
plaza. Abrochaba la larga gabardina que llevaba mientras mascullaba.
- Benjamín - lo llamó en alto al divisar al niño – discúlpame. Creí que la
diligencia llegaba a la noche.
El joven se giró a mirarlo. Aquel hombre aún poseía algunos rasgos de una
foto en la que tenía seis años y que era la única que poseía su madre Benjamín
sacó la bolsa de cuero con las monedas para dárselas a su tío. Este la miró y
sonrió.
- Dios bendiga la inteligencia de tu madre y tenga en su gloria a tu padre.
¿Y tus otros hermanos con quién se quedaran?
- Rose, Clementine y Charlie se quedaran con tía Clotilde. Mary, Brian y Ed
se quedaran con mamá.
- Así que sólo nos ha colocado hijos a los solteros – dijo con un ademan –
si no podía cuidarlos para que tubo tantos.
Benjamín quiso patear en ese momento a su tío, pero si lo hacía quizás se
quedaba en la calle con aquel viento gélido. Una extraña niebla de una
tonalidad blanquecina comenzó a formarse. El niño sintió la mano enguantada de
su tío tomándole por el antebrazo. A Benjamín le sorprendió aquella repentina
prisa. Pudo tomas a duras penas la única valija que llevaba.
La cuesta por la que había llegado Augusto fue el camino que tomaron. El
niño iba llevado en volandas. El hombre iba maldiciendo entre dientes. Cuando
llegaron frente a una edificación de fachada blanca y puerta marrón Augusto
miró a ambos lados antes de abrir la puerta. Una vez abierta casi lanzo a
Benjamín al interior de la vivienda. Al cerrar la puerta el hombre se giró y le
dijo al niño:
- La bolsa de las monedas te la guardas bien. Es tu dinero. Lo más seguro
que sea la única herencia que recibas sin pelear. Dormirás arriba. Preparé una
habitación. Tienes listo un baño caliente y ropa limpia.
El niño estaba cansado. El viaje hasta allí había sido largo, pero hasta
dos paradas antes había estado acompañado por sus tres hermanos mayores, Rose,
Clementine y Charlie.
Aquella pequeñísima casa adosada sería donde viviría hasta que a su tío se
le ocurriera echarlo, como había hecho su madre con él, según Benjamín. Al
llegar a su pequeña habitación se dio cuenta de que tan sólo era la mitad de la
habitación original. Augusto había puesto una nueva pared y había puesto una
puerta para tener más intimidad.
Tras un baño reparados. Tocaba la cena. Benjamín cerró la puerta de su
nueva habitación con cuidado. La comida estaba ya sobre la mesa. Cuando vio a
su tío le pareció gracioso pensar en lo mucho que se parecía a su madre.
- Si quieres puedo hacer las diligencias suficientes para que vayas a la
escuela. Pero la más cercana está a unos quince kilómetros y no hay transporte
que te lleve allí. Yo puedo darte las clases sólo has de decirme que estabas
estudiando.
- Nada, no he ido lo suficiente para aprender algo útil, casi ni leer sé.
- Pues a partir de mañana eso va a cambiar. Lo único es que yo he de ir a
trabajar y te quedaras sólo en casa algún tiempo. Mientras yo no esté en casa
tú no podrás salir de ella.
- ¿Por qué?
- Porque puede ser que no la encuentres a la vuelta.
- No me alejaré mucho.
- No, no me estas entendiendo. Es que esta casa no siempre está en el mismo
lugar.
Benjamín pensó que su tío le estaba tomando el pelo. Sonrió.
- Sí, yo reaccioné igual cuando me lo dijeron la primera vez- Augusto se
acomodó en la silla- está casa me la regalo un buen amigo mío que decía estar
harto de ir dando vueltas buscando su casa. A su vez a él alguien se la había
regalado otro amigo por razones parecidas.
El niño prestó mucha más atención a su tío mientras tomaba su sopa.
- La casa se llama: Oicós. Lo que vine siendo casa en griego. He buscado
mucho sobre ella y no he encontrado nada. Lo único que tengo es una escritura
de una vivienda sin dirección. Oicós ya me conoce, y por supuesto que ya sabe
mis costumbres. Ella ya sabe que tiene que esperarme. Le pedí permiso para que
pudieras venir.
- Entonces según tú, la casa está viva.
- Cuanto te falta por saber… todo está vivo. Desde la casa hasta nosotros,
bueno, no todos nosotros. Pero ya lo entenderás. – Augusto se bebió la sopa de
un solo trago y continuó diciendo- Por ello, prefiero que no salgas de la casa
durante un tiempo. No te preocupes no te vas a aburrir, yo me encargaré de
dejarte tareas suficientes para que estés entretenido.
- La casa habla contigo – dijo el niño aún desconfiado.
- ¿Cómo va a hablar conmigo? Es una casa.
- ¿Y cómo sabes su nombre?
- Lo ponía en las escrituras de propiedad.
Tras un rato de conversación a Benjamín no le quedó claro si su tío le
decía aquello para que no saliera de casa, o lo estaba haciendo como parte de
una broma larga y muy elaborada.
El niño se fue a dormir. A la mañana siguiente cuando despertó su primer
instinto fue abrir la ventana para airear la habitación. Al ver el paisaje
frente a él se dio cuenta de que la casa no estaba en el mismo lugar. Aquel
pueblo en el que se encontraba era de montaña, pero él había ido a una aldea en
la vega cerca de unos campos de viñedos. Fue entonces cuando se acordó de lo
que su tío le había contado la noche anterior. El niño se sorprendió, pero le
pareció algo tan maravilloso que grito de alegría por toda la casa.
R. Plata.

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