María (Relato Corto)

 


Cuando Cristóbal murió sentí como si también estuviera a punto de morirme, sentí que se me acababa la vida.

Sentada en el banco de la iglesia junto al ataúd sentí instalarse en el centro de mi pecho un gran vacío y luego un gran dolor. No podía tragar ni mi propia saliva.

Cris llevaba enfermo unos meses y no me gustaba verlo sufrir. Murió en nuestra cama. Entonces me sentí algo aliviada. Después me sentí mal y pensé que era algo cruel por mi parte.

Durante el funeral no me moví del banco en el que estaba sentada, mientras una enorme fila de gente me daba el pésame, realmente no recuerdo a casi nadie.

Mi hijo Miguel, el segundo, me ayudo a levantarme y me dejo con mi nuera que me abrazó cariñosamente.

Mis seis hijos se echaron el féretro al hombro y llevaron a su padre hasta el mismo coche de la funeraria. La familia lo seguimos a pie hasta el cementerio. Desde que el ataúd llego a casa no pude separar mis ojos de la preciosa madera de haya con la que estaba construido.

El párroco, Don Pedro, quería mucho a mi Cris, decía que era un hombre honrado, no por ser feligrés, porque mi Cris era bien republicano, sino porque le devolvió un dinero que se le había perdido. Él volvió a bendecir el ataúd con mi Cris dentro.

En lo que me pareció un parpadeó los chicos del cementerio lo pusieron en un nicho. Allí le metieron algunas coronas de flores, y después cerraron.

Al principio todo el mundo estuvo a mi lado, todos me daban el pésame, muchos eran gente con la que sólo había cruzado dos palabras en toda mi vida. Con el paso de los días los pésames siguieron, pero procedían de esa gente del pueblo que "no pudieron ir al funeral"... simplemente no quisieron ir, algunos hasta se hacían los sorprendidos... pero que importa ya.

Alguna vez preparaba comida para dos, o ponía su ropa sobre la silla para que se la pusiera el día siguiente. Luego me acordaba y sólo me quedaba llorar.

Mi hijo Cristóbal, el mayor de los seis, y su mujer vinieron un fin de semana a visitarme. Tuvimos una conversación en la que todos lloramos. Tenían razón, la casa era demasiado grande para mí sola, ya lo era para Cris y para mí cuando los chicos se independizaron.

Ellos dos me ayudaron a acomodarlo todo, sacamos la ropa del armario, me deshice de todas sus cosas cotidianas...me guarde su peine metálico con el que se repeinaba y se hacía la raya a la izquierda.

Los años me han hecho perder facultades, y no sólo estoy empezando a olvidarme de cosas, sino que cada vez me siento más torpe. Aunque sigo cuidando un pequeño huerto en la residencia, no es lo mismo que en casa, ni tan importante. Mi hijo tenía razón, no era bueno que me quedase sola en el pueblo. Ahora estoy bien tengo un par de amigas nuevas con las que salgo al parque a pasear y los domingos a la noche vamos a la verbena que se celebra en la residencia, pero lo que más me gusta es jugar al bingo y ganar.

Claro que echo de menos a Cris, me hubiera gustado compartir los viajes, los bailes y el bingo con él... pero su casa era su casa y nadie lo movería de allí... y al final así fue.

Yo soy distinta... yo me adapto a lo que haya...al fin y al cabo yo estoy bien donde esté.

 



R. Plata.

© 2021 Rebeca Plata (Mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS. 

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