Lunes depresivo
Me despierto tras escuchar el
insistente despertador.
He dormido mal, me ha costado más
que nunca salir de la cama.
El despertador, como siempre, en el
mueble donde las medicinas. Para apagarlo he de ir a la cocina. Todo para no
quedarme tumbada todo el día.
Abro la tapita de SUN con las ocho
pastillas, hace tres semanas eran doce, y si todo va bien en otras dos semanas
serán cuatro pastillas.
Todos estos medicamentos son más por
culpa de mis miedos y mis tristezas, que realmente por lo que sea que me ha
diagnosticado ese médico de turno.
No tengo ganas ni de respirar, y
mucho menos de prepararme un desayuno y comerlo.
Bebo un vaso de zumo como quien bebe
agua en un día de verano.
Me siento en el sofá y enciendo la
televisión para no hacer más esfuerzos el resto del día. Lo mejor es dejar de
pensar, porque olvidar no se puede.
Pasan las horas. Llega la comida de al
mediodía, es uno de esos recipientes de plástico que después de dos minutos en
el microondas, está listo. Te dicen que es comestible. Lo como, aunque como
estoy podría comer hasta el envoltorio de plástico y ni me inmutaría.
Pasan las horas y la luz del día. Me
acuesto, intento dormir más allá de mañana.
Autora: R. Plata.

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