Marcos, Linda y Luis (Relato corto)

 


Marcos aparcó su coche. Una vez que estuvo detenido pudo escuchar los leves golpes de una mano en el cristal. Linda le sonrió al ver que la miraba desde dentro.

-        - Creía que no ibas a llegar.

-        - Había obras en la zona del centro comercial.

Los dos se dirigieron a una cafetería cercana. Marcos miraba a su hermana con nostalgia. Él había visto a aquella mujer luchar por estar empoderada, por ser independiente y sacar sus sueños adelante. Ahora la veía sumida en los quehaceres de una mujer del siglo dieciséis. Muchas veces Marcos había querido hablar con ella de aquel asunto, pero no quería insultar de ningún modo a una de las personas que más amaba en este mundo.

-        - Tenía ganas de verte.

-        - ¿A pesar de todo?

Linda le sonrió levemente en su mirada algo se oscureció. Ella amaba a su hermano pequeño, pero desde la muerte de su madre ella se había sentido sola y encerrada. Los sentimientos que esto le había causado, y el hecho de haber tenido que hacerse cargo de su padre, la tenían en un estado constante de tristeza y frustración.

Los dos se sentaron en una mesa al fondo del establecimiento.

-        - Te llamé con tanta premura por papá - le dijo Linda con un nudo en el garganta- él está… ya sabes los años, su mentalidad… ese carácter que cada vez es más… ya sabes… complicado.

-        - Linda, no puedo hacerme cargo. No paso más de tres día en la misma ciudad.

Ella lo miró en silencio. Él siempre le ponía la misma escusa, su trabajo. Lo que la cabreaba aún más, qué podría decir ante la contundencia de aquella palabra y su significado.

Ella había tenido que dejar todos sus proyectos a un lado, además de un trabajo muy bien remunerado. Aquellos cinco años a ella se le habían hecho una eternidad. Su padre se había convertido en su única compañía. Su vida se había anulado por completo. Ella sólo era la cuidadora y criada de un anciano déspota.

-        - Lo sé, pero es que necesito… - Linda hizo una pausa- un respiro – dijo al fin con la boca reseca.

-        - Estás hablando de una residencia de ancianos.

-        - O al menos un centro de día, o alguien que me eche una mano.

-        - Papá no permitirá que un desconocido entre a su casa, y tampoco le gustan los viejos, como dice él.

-        - Entonces... es hora de tomar decisiones – dijo enojada y controlando su tono de voz para no gritar.

Marcos se dio cuenta de que Linda no pasaría ni un segundo más en aquella situación. Ella se tomó un momento para tranquilizarse. Pidió un par de cafés al camarero. No diría nada más hasta que este se retiró tras cobrar la comanda.

Linda quiso ordenar las ideas, no sólo para hacerle ver a su hermano una mejor situación para todos, sino también para no herir los sentimientos de nadie.

-        - Papá, con los años se ha vuelto más huraño. Además, últimamente tengo que andar peleándome con él para que se bañe, para que se tome las pastillas e incluso para que coma.

-        - Él siempre ha sido un hombre muy desorganizado.

-        - No, Marcos, es otra cosa, y yo ya no lo soporto más.

Marcos se había dado cuenta de que los cambios de su hermana no habían sido de golpe. Las palabras, sus gestos, hasta la forma de tratarlo a él y a la gente; todo había sido paulatino. Él se sintió culpable de aquella situación. Cinco años que para él habían sido relativamente cortos, pero que había sido la destrucción de una de las mujeres más brillantes de su tiempo.

Linda había abandonado la pintura que tanto amaba, la fotografía que adoraba y no había escrito ni una sola palabra de su gran novela, sólo había dedicado cada segundo de su tiempo a atender a un desagradecido hombre amargado. Su padre fue una de las personas más estrictas que ella jamás había conocido, y su amor por él se había convertido en un recuerdo. Los defectos de aquel hombre se habían convertido en su infierno personal, no había ningún atisbo de compasión. Estaba tan cansada de aquel hombre que le había deseado la muerte tantas veces que le pareció raro que siguiera vivo.

-        - ¿Qué has pensado entonces? – le preguntó Mario a sabiendas que su hermana era una planificadora nata.

Linda puso un par de trípticos sobre la mesa. No quería darle más vueltas al asunto. Sólo deseaba libertad, que le devolvieran la vida que un día tuvo. A Marcos le horrorizaba el pensar que se librarían de su padre como si fuera un obstáculo.

-        - Este tiene habitaciones privadas, cuidadores con experiencia, enfermera 24 horas, médico, atención psicológica…

-        - Al parecer ya lo tienes bien investigado – dijo Marcos sin dejar terminar de hablar a su hermana.

-        - Claro que sí…- Linda dudó y miró a su hermano a la cara- quiero que este bien, que los años que le queden de vida no los pase encerrado, solo y sin más deseos que el de morir. Yo no le puedo ofrecer eso.

-        - ¿Por qué no?

-        - No lo soporto, cada día lo levanto más tarde. Los días de la revisión médica me voy tres horas antes sólo para poder estar un rato más en la calle. Esta vida no es buena ni para él, ni para mí.

Marcos se sorprendió al escuchar aquella confesión amarga. Él jamás había escuchado aquel tono de aflicción y frustración en la voz de su hermana. Él quería también a su padre y no le deseaba nada malo. Sabía que su progenitor detestaba todo lo que no podía controlar, y siempre había pensado en que la vejez era la mayor abominación del ser humano.

Linda prosiguió mostrándole los trípticos. Ella amaba su familia, pero el hecho de ser anulada como aquella persona la había convertido en el ser más amargado del mundo. Observó como las expresiones de la cara de su hermano cambiaban, pero no supo leer lo que estaba pensando.

-        - Si lo ingresamos primero en un centro de esos que sólo va por la mañana ¿crees que aguantará? – preguntó Marcos dándose por vencido.

-        - Protestará, aunque no haya protesta por todo igual. En un centro de día que vi cerca de casa estará bien entretenido. Además, conoce a casi todos los que van. De ese modo yo podré atender la casa y a él mejor.

-        - ¿Y si se enfada?

-        - Ahora él siempre está enfadado. Se convirtió en una persona enfadada y triste – dijo Linda añorando a la persona que un día fue su padre – Lo malo es que como yo no tenga un respiro su manera de ser se convertirá en mi manera de ser. No quiero ser una vieja enfadada, frustrada, triste y cabrona.

Marcos dejo que Linda hiciera todo lo que ella deseaba. Él sabía que no deseaba mal alguno a nadie, y mucho menos a su padre. También sabía que Linda tenía todo investigado hasta los cimientos y si ella decía que era un buen sitio, es que lo era.

Marcos se dio cuenta de que tampoco tenía derecho a seguir anulando la vida de su hermana. Linda se había visto obligada a responsabilizarse de su anciano padre. Él no quería ver a su hermana terminar peor de lo que ya estaba.

Cuando Marcos y su hermana tomaron las decisiones que mejor le parecieron para el bienestar de su padre, los dos se fueron a cenar a casa.

Luis, el progenitor pareció iluminarse de la alegría al ver a su hijo, y no quiso protestar demasiado.

Luis amaba a sus hijos y sabía que ellos lo amaban a él. No le gustaba ir a esos sitios donde dejan a los ancianos abandonados. Para él eran los peores sitios del mundo. Durante unos días estuvo enfadado, pero en el fondo sabía que sus hijos siempre estarían ahí para él, aunque algún día lo ingresaran en otro centro.

 

R. Plata.

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