La vida (Relato Corto)

 


Me senté en la mesa de aquel bar que un día nos presentó. Ese bar que Carmelo había abierto con tanta ilusión y que ahora llevaba con el agua al cuello. No había nadie excepto yo, las modas hicieron que el barrio cambiará. Ahora la gente sólo tiende sus ropas en la ventana y se sientan esperando a que se seque, quizás enciendan la tele o la radio, pero jamás la escucharan porque saben que ya les están vendiendo algo. Ya casi no se escuchan las conversaciones a gritos de las vecinas. Ya no están los ancianos del banco de la esquina.

El barrio ha cambiado, los niños ya son padres y otros simplemente se han marchado. Los locales se han cerrado y los bares van alternando.

Carmelo sigue sirviendo aquel vino amargo que la resaca nos aliviaba. Carmelo sigue luchando con las manos encalladas y la soga al cuello. Carmelo tiene canas, más por cansancio que por edad.

Sentada en la mesa, una nostálgica sonrisa se dibuja en nuestras caras. Él sonríe:

- Lo de siempre – dice sabiendo que el café me gusta caliente y la leche templada.

- Lo de siempre – sale de mis labios casi dejando intuir la fidelidad en el silencio posterior.

 Lo observo y suspira. El ruido de la máquina de café se mezcla con los ruidos del patio del colegio en el que ya casi no hay niños. Cuántas veces habremos saltado esa vaya, cuántos días habremos perdido haciendo pellas. Cuantos besos perdidos entre la inocencia y las prisas.

Miro al cielo cubierto por un toldo verde que ha visto mejores tiempos. Observo un barrio casi desierto. Hoy los niños del colegio no sueñan con ser cantantes americanos, sueñan con ser la “Barbie” influencer. Algunos conservan la ilusión de la inocencia gracias a un mago de libros, pero este también es padre ya.

La última vez que supe de ti, Marta me dijo que te habías casado, o arrejuntado, que en el fondo es lo mismo. Tú fuiste el primero en marcharte, dios te había dado aquella cabeza privilegiada, con la que casi no necesitabas horas de estudio, tu siempre brillante en tus notas. Tus padres humildes, como los de todos, se habían dado cuenta de que el bienestar de sus hijos estaba por encima de su piso en el barrio. Decidieron marchar primero del barrio y después de la ciudad.

Al principio recibía cartas tuyas cada tres o cuatro días. Las cosas que me contabas eran a la vez alegres y tristes. Por un lado habías encajado en un grupo en el que eras el alma, pero te echaba tanto de menos. El tiempo pasó y con el ese recuerdo de que un día nos quisimos.

Hace unos días volví a saber de ti. Un mensaje en una red social, me dio de bruces con los años que habían pasado. Tu foto, una foto de un señor muy parecido a tu padre. Otra foto tuya con una niña de la edad de mi hijo Manuel. “Como han pasado los años, como han pasado los sentimiento, ¿cómo han pasado?

Miró a Carmelo mientras tomo un sorbo del café que se me está quedando frio, por andar pensando en un pasado que ya fue, por andar pensando en si todo hubiera sido distinto. Por andar pensando en ti y en mí. Por hacerme ilusiones de un mundo que nunca será el mío.

Tu mensaje evocaba los buenos tiempos de un pasado corto y lejano. Hablabas de otra vida, de otro mundo y de una persona que ya no soy. Me entristecí. Para mí mi vida era el barrio, un barrio que había cambiado.

- Lo que ha cambiado el barrio- le digo a Carmelo casi sin querer.

- Los años…la gente…nosotros- dice intentando encontrar las palabras sin que suene a psicología barata. Sonrió - la vida.

 

Autora: R. Plata.

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