Leprechaun (Relato Corto)

Cuando era pequeña me dedicaba a jugar todo el tiempo que podía en el jardín de mi casa. Mi casa era una pequeña vivienda que mi abuelo atesoraba por ser heredada de generación en generación. 

Mi abuelo era uno de esos hombres que nunca habían tenido infancia y por ello se pasaba las horas muertas jugando conmigo. Nuestros juegos favoritos eran buscar tréboles de cuatro hojas y poner trampas a los duendes. Siempre recolectábamos tres o cuatro tréboles que secábamos dentro de los libros que tenía mi abuelo en las estanterías. Mi abuelo se había entretenido en fabricar una caja metálica con una pequeña tapa trampa donde colocaba su única moneda de oro. 

Además cuando llovía siempre estábamos ojo avizor para encontrar los arcoíris y correr tras ellos. Recuerdo las risas y la alegría que me embargaba entonces.

Un día que mi abuelo salió a comprar, escuche el sonido metálico de como la moneda caía dentro de nuestra trampa de metal. Me asuste al principio, pero mi curiosidad pudo más que el miedo.

Me dirigí al jardín y vi como la trampa de metal se balanceaba. Pensé que quizás era alguna pequeña alimaña que despistada había caído dentro. Así que con mucho cuidado levante la tapa un poco. Me sorprendió ver a un hombrecillo minúsculo con pantalones rojos abrochados en la rodilla con un abrigo a juego y zapatos con hebillas en la parte superior. Era un leprechaun.

Corrí a tomar todos los tréboles de cuatro hojas que durante aquellos años habíamos coleccionado mi abuelo y yo. 

Presurosa volví al jardín y con mis tréboles en la mano le dije al leprechaun:

- Quiero tu oro o los tres deseos.

- ¿Y qué más? Me paso toda mi vida trabajando de zapatero para que llegue una mocosa como tú y se lleve mi dinero. De eso nada

- Pero te atrape.

- Olvídate del oro. No te voy a dar ni una moneda.

- Bueno, puedes quiero mis tres deseos.

- Tú has leído demasiadas historias. ¿Cómo voy yo a concederte tres deseos? Eso es cosa de otros seres. No es cosa mía.

- ¿Entonces? ¿qué haces?

- Zapatos. Ya te digo, simplemente soy zapatero.

- Ok, entonces quiero que me hagas unos zapatos cada año. ¡Ah! Y otros a mi abuelo.

El leprechaun dio el visto bueno a nuestro trato. Yo lo dejé ir conforme y satisfecha. Por supuesto nadie creyó mi historia. Todos pensaban que me la había inventado porque había perdido la moneda de oro de mi abuelo. Pero el día de luna llena siguiente aparecieron junto a nuestras camas dos pares de zapatos. Algo que hizo que todos me creyeran.

Desde ese día han pasado los años, pero el trato sigue en pie. Una vez al año en esa luna llena junto a mi cama aparecen un par de zapatos.


Autora: R.Plata.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Camisas

Arce japonés