Gertrudis y el castañar (Relato Corto)

Aún recuerdo la terrible historia que cuenta mi familia sobre la trágica muerte de una de las hijas del bisabuelo, Eduardo. Ese desafortunado relato suele ser contado por la familia en el verano siguiente al que cumples siete años, la edad en que Gertrudis murió. Quien contaba muy apasionadamente la historia era el tío abuelo Juan, pero unas fiebres se lo llevaron hace unos meses, ahora es la otra hermana de la abuela es la que se encarga de contar esa triste historia.

No sé sabe bien en que año ocurrieron los hechos, sólo se sabe que ocurrió a finales de verano, pero antes de que terminara el calor. La casa de la familia se encuentra cerca de un gran bosque. Un bosque que durante muchos años fue la bendición de los lugareños, pues otorgaba castañas, moras, higos y muchos otros frutos silvestres. Dentro del bosque había muchos lugares especiales, lugares buenos y lugares que no lo eran tanto.

La historia de mi familia hablaba de uno de esos lugares no tan buenos, y de una trágica muerte. Según cuentan era un día normal, un día de trabajo duro donde todos echaban una mano. Aquel fatídico día a Gertrudis le tocaba preparar la comida, pues la bisabuela y sus hermanos bajarían al pueblo a por provisiones para el invierno.

Gertrudis tenía mucha maña con eso de cocinar, al parecer tenía un don. La niña decidió tomar frutos silvestres, para no malgastar las mermeladas y jarabes que su madre había estado almacenado para la estación más fría.

La niña avisó a su padre, que trabaja en el campo, de que iría a recolectar higos y moras. Él le dio permiso para ello, pero le advirtió que no se adentrase mucho y que no fuera a la zona de las ruinas. Aunque su padre le avisó ella hizo como siempre… lo que le dio la gana. Gertrudis sabía que nadie iba a aquella zona por una estúpida leyenda sobre un letal ser, algo en lo que ella no creía. ¿Cómo iba a dejar pudrirse toda aquella deliciosa fruta?

Gertrudis tomó su canasto de mimbre y atravesó el campo en barbecho, le gustaba como las hierbas el rozaba las piernas y le producían coquillas. Frente a sus ojos el castañar, en su prolífica imaginación siempre había pensado que era dueña de aquel bosque y de cada uno de los seres que lo componían.

La niña durante un buen rato caminó sobre las piedras y sorteó alguna que otra zona escarpada. En el suelo había pulpas de castaña que aún no estaban maduras, pero que si las pisabas podían causarte algunos problemas. Unas rocas cuadradas le mostraron el límite donde comenzaban las ruinas. Un precioso moral lleno del fruto destacaba sobre el resto de los árboles. Gertrudis pareció quedar hipnotizada por aquella visión. Se acercó. Comenzó a llenar su canasto con aquellas frutas, cuando este ya estaba por rebozas, ella decidió volver a casa. Pero cayó en la cuenta de que también le había dicho a su padre que llevaría higos, así que dejó el cesto en el suelo bajo la higuera y trepó a esta.

El bisabuelo observó el atardecer y se dio cuenta de que la niña no había avisado de su vuelta, algo que por otro lado era normal, cuando la llamó a voces y no obtuvo respuesta. Su temor más terrible se estaba haciendo real… algo le había pasado a su niña en el bosque. Observo que de este salía un humo negro poco usual, corrió hacía el bosque en busca de su hija. La desesperación lo hizo caer varias veces y el camino que ya de por si era complicado se convirtió en eterno.

Cuando encontró a su hija tumbada boca arriba bajo una higuera en llamas no entendía lo que pasaba. La tomó en brazos y la llevó a casa.

La bisabuela y sus otros hijos volvían del pueblo en el momento justo en que el bisabuelo salía del bosque con Gertrudis en brazos. Los gritos de la bisabuela alarmaron a los vecinos quienes se acercaron para auxiliarla.

Cuando el médico, sólo fue para poder llamar al padre Clementino.

Puede parecer una historia poco adecuada para un niño de siete años, pero mirar el bosque y el campo sabiendo que alguien de tu edad y de tu sangre murió allí por no creer en las leyendas. Puede causar más de un trauma. Porque a pesar de que nuestros adultos lo que pretendieran con la historia es que le hiciéramos caso, lo única parte con la que te quedas con siete años era con la de que “no creía en las leyendas de un ser letal”. Leyendas que tus primos se encargaban de contar a la noche, algo que no te hacia querer ir a dormir.

La muerte de Gertrudis fue algo muy traumático en aquellos años, aunque si intento recordar en nuestras historias familiares no aclaran bien como murió Gertrudis, sólo que la higuera bajo la que la encontró el bisabuelo estaba quemada, y que ella no tenía ni una sola quemadura.  Las malas lenguas dicen que fue el bisabuelo quien la mató y que quemó la higuera para justificarse. Pero el descuido de un padre amoroso no debe de ser al condena de nadie, en el fondo él siempre se sintió culpable por la muerte de su pequeña y según decía el tío Juan: “nadie se recupera de la pérdida de un ser amado, y menos cuando es una hija tan deseada y amada”.

 

Autora: R. Plata.


© 2021 Rebeca Plata (Deshilando mi alma en la pluma)

Foto gracias a: PIXABAY y PEXELS.

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